La historia tiene una historia que contar


Hace tiempo ya de aquellas clases de historiografía que recibí en la Universidad de Valladolid, con el magnífico Enrique Gavilán al frente, pero recuerdo muy bien que lo primero que aprendíamos eran las tres definiciones más comunes de la palabra historia, donde dos de ellas eran contradictorias; éstas son (según el Diccionario de la Real Academia Española):

1.      Disciplina que estudia y narra cronológicamente los acontecimientos pasados

2.     Narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoriasean públicos o privados

3.      Mentira o pretexto, chiste, enredo o cuento

Pues bien, aunque el posmodernismo ha confundido un poco los límites y ahora la historia (acontecimiento), es la historia (relato ficticio) basado en la historia (acontecimiento pasado). ¿Y por qué repasar la historia? Fácil, como el mismo Collingwood dice “la historia son los hechos que todo ser humano debe saber y recordar, nos enseña y de ellos aprehendemos”. Veamos…
Primera lección de historia: acerca de imponer lo mejor para muchos. Corre el año 1789, la Revolución Francesa (que llevaba años fraguándose tras el despotismo ilustrado) trata de defender los ideales de liberté, égalité, fraternité con unos años (entre 1790-5) en los que la libertad era tan grande que por el hecho de dar tu opinión, y como buena señal de fraternidad y dándoles iguales raza, origen, sexo, o sexualidad uno podía acabar bajo el invento de un tal Guillotin. Pues bien, tan solo cuatro años después (1799) un joven Napoleón Bonaparte toma el poder de la asamblea y se autoproclama emperador de Francia. Tratando de defender el lema de esa revolución francesa (recordemos: libertad, igualdad y fraternidad) decide impulsarlo por toda Europa aunque para ello deba dominar al resto de culturas que tiene el deber moral, llevado al sentido kantiano de imperativo categórico, de “educarlas”. Vamos, que ¿acabaron con aquellos que educaban al pueblo para educar al pueblo en lo malo que es educar al pueblo? ¡Ah! Napoleón llegó hasta Rusia allá por… ¿1813?, pero el invierno de aquella vasta región le enseñó que la naturaleza es una cruel enemiga (o aliada) en la guerra. Creo que esto es suficiente para llevarnos a nuestra segunda lección de historia.
Segunda lección de historia: a todos nos llega nuestro invierno. Napoleón lo aprendió, pero en 1941 un alemán con un bigotillo “cepillo de dientes” cuyo nombre no recuerdo, algo así como Adolfo, decide emprender una campaña contra las fuerzas soviéticas, pero sólo dos años después el General Invierno hizo que al “buen nazi” no le quedase otra que rendirse a las mismísimas puertas de Moscú. Hitler (¡ese era el nombre!) no aprendió de sus vecinos del sur, aunque es lógico, nunca fueron buenos vecinos. La historia nos enseña que antes de emprender cualquier hazaña digna de ser relatada, debemos comparar nuestro “estado de la cuestión” con toda historia precedente. Ahora voy a hablaros un poco de ideales de Hegel o Ranke acerca de lo que configura una nación (algo que ya hice en otra ocasión pero que aún hoy parece que sigue levantando dudas).
Ilustración del «general Invierno» en el periódico francés Le Petit Journal de 1916, que hace referencia al frente oriental de la Primera Guerra Mundial (Fuente: Wikipedia)

Idioma, territorio, cultura y religión son los elementos que definen y configuran la nación y el espíritu de ésta. Aunque Ranke discrepa respeto a Hegel en algunos términos, sí que podríamos aunar los cuatro términos que estos filósofos de la historia definen como inherentes a una “pueblo”. Hoy por hoy creo que hay motivos suficientes para dejar la religión fuera (la mayoría de Europa es cristiana al menos en su forma). Veamos ejemplos: España tiene en común un idioma, con varios lenguajes cooficiales; un territorio compartido (delimitado de forma natural por los Pirineos, el Mediterráneo y Atlántico y Cantábrico; luego hablaremos de Portugal); y una cultura común (sí, con varias -permitidme el término sin necesidad de que conlleve supremacías innecesarias- “subculturas”): aunque los gallegos tengamos nuestras meigas y Santa Compaña, también dormimos la siesta, comemos tortilla o tenemos educación obligatoria hasta los 14 años… vamos, que aunque Tudela y La Cistérniga tengan sus diferencias dudo mucho que podamos hacer una distinción que rompa con Valladolid. Quizá lo correcto para evitar esto que ocurre hoy en día sea retomar eso de “Las Españas” en lugar de hablar de “España -una, grande y libre-“, los nombres conllevan recuerdos, hechos y delimitan la memoria. Pero en cualquier caso, está bien claro que España comparte una cultura aunque englobe sus propias particularidades. Quizá debamos independizarnos los vallisoletanos al hablar de “playeras” en lugar de “deportivas” o por decir “la dije que afinase” en lugar de “le dije que afinase” (algo que me saca de mis casillas). En fin, que como vasco que voy a Italia me van a decir también “Olé, olé, paella” cuando diga de dónde vengo.

Pero claro, ¿qué problema hay cuando una de esas delimitaciones falla de un modo notable? Ninguno, problemas no hay, sólo hay diferentes naciones. Veamos: Argentina tiene una cultura muy similar a la de España, un lenguaje cuanto menos parecidísimo, ¿pero el territorio? Sólo nos separa un océano de por medio… una minucia. ¿Portugal? Compartimos territorio, sí, ¿pero el idioma?, muchos hablarán español “de contacto”, pero los que no lo hablan seguramente sea porque no saben y no porque se nieguen a hablarlo (no es lo mimo conocer que ser consciente de que se conoce y decidir aplicar dicho conocimiento). Desde luego que para algunos con peluquín rubio lamido es lo mismo México que España, pero seamos realistas…
Cuando Gandhi hizo esa proclamación de la India como territorio ocupado por los ingleses estaba diciendo que ni el idioma, ni las costumbres ni el territorio eran comunes, estaba diciendo que la “no violencia” y la “autoproclamación de independencia” estaba autojustificada por partida triple (cuádruple si queremos considerar incluso la religión), pero Gandhi “pensaba” que Pakistán también era la India y especuló que la independencia podía llegar en común rechazando a los ingleses de Reino Unido. Pero los términos hegelianos le dijeron que había suficientes motivos para considerar que Pakistán y la India no eran el mismo territorio (algo que parece obvio), lo malo es que a Gandhi le salió el “tiro por la culata” cuando otro tiro salió por el cañón. Parafraseando al narrador que nos introduce a la Galia de Astérix: estamos en el año 2017 después de Jesucristo. Toda Hispania está ocupada por los “españoles”… ¿Toda? ¡No! Una región poblada por irreductibles tarraconenses resiste, todavía y como siempre, al invasor.


Quizá sea presuntuoso decir que no soy nacionalista (y para los que no encuentren argumentos contrarios y lícitos yo sea seguramente un facha y un franquista sino acaso un nazi), pero desde luego opino que sin fronteras políticas esto quizá funcionase mejor (aunque las fronteras de naturaleza humana definidas por Hegel seguirán ahí). Si trastocamos la historia, no aprendemos de ella (o no la conocemos) y queremos ver fronteras naturales donde no las hay, acabaremos por proclamar la “República Independiente de nuestra casa”.

Radagast

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